Él
Parecía solo, sentado allí, bebiendo café, leyendo un diario, sonriendo, demostraba no percatarse del mundo que forjaba su existencia.
Yo aquella mañana lo noté, nadie lo hacía, pero yo lo hice, su misterio acaparaba mi atención.
Lo bautice Julio, Julio Cortázar, por su parecido, no físico, más que nada en sus ojos, su cara.
Pensé que su aislo era consecuencia de los castigos de la vida, de la pesadez de los años.
Muy solitario, único y solo en el mundano bar del centro de la ciudad. No demostraba su tristeza, más bien era interna, pero la transmitía.
Mi Julio, no era el "Julio Cortázar", era un Julio cualquiera, probablemente no lograba las proezas del renombrado escritor.
Mi mente trababa a mil, pensando en todas las posibles conversaciones, si le dirigía la palabra.
Hasta que lo hice y todo se redujo a una simple frase:- "¿Sabía usted que es muy parecido a Julio Cortázar?"
El hombre sonrió, como complaciendome, pero como si no hubiera entendido o prestado atención a ni una de las palabras que mencioné.
Retuve un suspiro y me fui. Desde aquella mañana, no lo ví, hasta la lluvia de hoy.
Me dirigí al café mundano de la ciudad, y allí estaba él, intacto, sin haber envejecido.
Sus ojos no habían cambiado, su mirada tampoco. Era él mismo, con su café y su diario.
Con su pesadez ligera, con su ida de alma, estaba allí pero no lo estaba. Cada día me dirigía en su busqueda, y pasaba mañanas enteras contemplando su tranquilidad, su paz.
Lo único que conozco de él, son sus objetos y su sonrisa, que es lo único que obtuve de él. Siempre que lo saludaba o le sonreía, su respuesta, era una sonrisa, bajaba la vista y seguía leyendo. La verdad es que nunca supe si realmente leía, capaz que solo miraba las letras, las analizaba, las contaba.
Cuantas posibilidades, quizas perdía su tiempo porque no lo consideraba valioso, quizas lo desperdiciaba, tomando café, leyendo un diario, y sonriendo.





