Hace girar la canilla, luego la otra, luego la otra. Y mientras todo se pone en funcionamiento subitamente, y real; espera.
Aunque todo está listo, espera. No quiere apresurarse y le encanta el sonido de lo posible, y lo fresco que está cerca del suelo. Se sienta, lee, deja de leer y piensa, que desde afuera se debe oir aún mejor. Sale entonces, envuelta y escucha un pájaro. Está desnuda y envuelta. Y una brasa, y unas cenizas se acercan cada vez más a sus dedos. Está determinada a no soltarse. Está determinada a no dejar ir ciertas cosas que sabe que debiera.
Ve el humo, y hay viento, y se disipan los vestigios.
Suspira, larga y hondamente, como si le sobrara el aire. ¡Qué estupidez, qué generosidad!
El aire de la habitación le pertenece y a las cosas que yacen con ella allí. Sólo ve moverse un echarpe rojo, la manija de tela de una bolsa y un adorno que cuelga de una puerta. Claro está que su mano también está moviéndose mientras escribe esto. Su pecho se está moviendo, sus ojos, y el agua que escucha correr en ese baño que postergó también.
Acaba de apagar el cigarrillo, pero hay algo que no se seca y no le permite volver a la humedad.
Quisiera irse. ¿Puede? Está sola para contestar y está cansada de auto-contestarse cosas. Quiere, NO!, necesita ser contestada. Ella es simplemente, llanamente, pacífica y estruendorosamente una pregunta a labios cerrados, a puertas abiertas, pero solitaria.