Siempre estaba pensando y ese era el problema, pensaba demasiado. No podía olvidarse de todos esos fantasmas que había creado y que lo perseguían. Lo había intentado, incluso con esmero, pero era simple la cosa: no podía... por más que intentara ya no estaba en sus manos.
Le había dado vida a cosas inertes, a cosas que ya estaban muertas hacía un tiempo considerable y lo estaban volviendo loco.
Vivía desesperado, sobre todo por esta última que había aparecido. Al principio cuando me contaba no quería nombrarla, porque las que no había nombrado se habían ido así, sin más, pero cuando las nombraba ya no se iban. Eso descubrió con esta última, a la que no pudo dejar de nombrar porque poseía cuerpo de mujer. Aunque nunca supo si realmente lo era, bastante verosímil sin embargo según él.
Entonces esta "mujer" volvía todas las noches. Nunca hablaba, pero respiraba, lento y pausado, con pesadez pero con música, le hablaba a través de su respiración.
Él estaba como loco, porque ya hacía como un mes íntegro en el que esta "Musa", porque así la llamaba, se le aparecía, lo rodeaba con la cadencia del respiro y cuando entraban los primeros halos de luz y abría las persianas se dejaba de oir ya ese sonido particular que hacía que él supiera que lo acompañaba.
El día que más se asombró fue el día en el que ella, o lo que sea que "ella" fuera, lo tocó por primera vez. Él estaba acostado en su lado de la cama, el lado en el que ninguna de sus amantes había dormido, y sabía que como todas las noches, desde hacía ya dos semanas en ese entonces, iba a comenzar a oirla a su lado, e iban a jugar a perseguir sus respiraciones, e iban a robarse un poco de sus tiempos, e iban a perpetuarse en el tiempo del otro. Siempre terminaban tirados en la cama, cada uno en un extremo, sin tocarse.
Una vez en uno de esos juegos, él ya había querido tomarla entre sus brazos, y ella se fue y según lo que él oyó, ella se había sentado en una silla, pero cuando encendió la luz, nada había, y la extrañó tanto que decidió no volver a intentarlo. Esperaba que algún día ella quisiera entregarse al tacto, y esa noche llegó a las dos semanas de juegos, cuando él estaba acostado donde siempre.
No se movió, ella ya no respiraba lento, hacía espirales de respiros, dibujaba cosas en el aire, lo invocaba, pero él no se movió. Entonces luego de un suspiro la respiración se apagó como a veces se apagaba y él se preocupaba, pero eran segudos. Aquella vez, en cambio, el minuto fue eterno y él lloró, porque creyó que ya no iba a verla, pero para su sorpresa y al contrario sintió que unas manos tomaban las suyas y las quitaban de su cara, sintió una lengua húmeda que le secaba las lágrimas, sintió dos piernas una a cada costado, sintió que unas caderas se acomodaban sobre su pubis, que la desnudez tenía rostro de aire y oscuridad, y se dejó llevar, y se amaron por horas, y ella se fue como siempre al llegar la luz.
Pero la última vez, día en que se cumplían 28 días exactos de la primera vez en que él la había nombrado, el día ese que yo llamé mes, pero que no llegó a serlo. Esas fueron las 24 horas más felices de su vida porque desde que comenzó el día hasta que terminó estuvo con ella.
Él fue al baño, y no quiso ir a trabajar, llamó, avisó, y se fue a acostar en su lado de la cama. Siempre dormía mirando hacia la ventana, fue en ese instante en que vio que ella no se había desvanecido, nunca se había desvanecido en primera instancia, su transparencia no reflejaba su pureza. Había estado allí del lado de sus amantes, siendo una amada. Era de agua, era de aire, era un respiro y cuando él lo notó, cuando vio que todas esas tardes, esas mañanas se había ido y la había dejado dormida, descansando de respirar sonoramente y perdiendose su respiro entre el ruido de la ciudad que entraba por el ventanal, y que se había perdido de su compañía, ella sí se desintegró como lo que había sido siempre frente a sus ojos, desapareció la transparencia, y y ella fue ennegreciendose. Lo abrazo una opacidad insoportable, la opacidad de haber tenido al fin una amante realmente fiel, una amante que no era como todos esos fantasmas de antes, esos que lo perseguían sin bailes, que sólo le prometían un residuo de ellos mismos. La culpa de saber que ahora ella ennegrecía por no haber visto su transparencia, por no creer ya en la transparencia, en la verdad que a veces está más cercana a lo irreal; por no haber creido que una mujer, o lo que fuera que fuese, sólo algo que lo amó, pudiera amarlo. Lo terrible de haber contado por primera vez con alguien que nunca había abandonado la habitación, que nunca había querido hacerlo y que lo esperó soñando, pero que nunca le prometió la existencia, nunca lo hizo ser: Ella nunca había pronunciado su nombre.